Hay historias que permanecen por los grandes acontecimientos y otras que resisten gracias a un recuerdo diminuto. En la familia Oliva, bastó la anécdota de una merienda para conservar, durante medio siglo, una forma de entender quién era Calú.
TRES MANZANAS
Mamita, dame tres manzanas para la merienda de hoy.
—¡3 manzanas! pero Calú, ¿para qué querés llevar tres manzanas a la escuela?
—Y bueno…
Una para el que me pide, otra para el que me roba y otra para mí.
La anécdota quedó en la familia durante años: primero por la ocurrencia simpática y después porque la escena retrata a ese chico correntino que había entendido demasiado temprano cómo funcionaban las cosas.
Calú nació en Paso de los Libres (Corrientes) el 4 de febrero de 1951, como Carlos Alberto Oliva, el menor de tres hermanos varones.
A sus 25 años era alto, flaco, de ojos verdes con anteojos, un gamulán que varios recordarían décadas más tarde y un mate con matera que lo acompañaba a todas partes. Nunca perdió del todo el acento correntino: lo llevó por Resistencia y Rosario, estudiando Ciencias Económicas antes de instalarse en Mar del Plata en 1972 para continuar sus estudios universitarios, cerca de Susana.
Militó primero en la Juventud Peronista y después en Montoneros. Lo echaron de su trabajo como Bibliotecario de la Facultad de Derecho de Mar del Plata por razones políticas. La biblioteca quedaba frente a la Catedral y por esos años Calú la usaba también como sede de reuniones o para guardar papeles y documentos. Una tardecita de 1973, la CNU los esperó afuera.
Una voz amiga intervino justo a tiempo y dijo: —Salgan ahora.
Calú consiguió cruzar la plaza, caminando muy tranquilo y disfrazado de cura.
LA CACERÍA DE SANJURJO
Después, vino la clandestinidad. Las casas prestadas. Las casas operativas. Los embutes. El alias con el que lo rastrearía los grupos de tareas: «Sanjurjo», o «Juan Carlos Sanjurjo».
—¿Quién es «Sanjurjo»?
—Contestá boludo, o te seguimos reventando.
Era así desde abril de 1976 en los interrogatorios de los secuestrados en la Base Naval de Mar del Plata. Había comenzado la cacería. La pesquisa en busca de la identidad de ese hombre que fue responsable político del barrio Belgrano y que después estaba al frente de la Secretaría de Prensa y Propaganda de Montoneros en Mar del Plata.
Era quien había convertido una imprenta en un arma de lucha.
Quien imprimía mientras alrededor empezaban a caer compañeros, enlaces, casas enteras, vidas que desaparecían.
Los chicos de Bellas Artes de la Malharro fueron cayendo uno por uno y cada secuestro parecía acercarlos un poco más a él, al montonero que tenía una imprenta clandestina.
Al principio alguien no hablaba. Después otro recordaba un apodo. Más tarde aparecía una dirección, una casa, una reunión. La cacería avanzaba así: atando personas entre sí. Tirando de un hilo implacable y eficaz para atrapar a Sanjurjo.
Recuerdan algunos que en el último tiempo estaba más cabrón. Una sobreviviente dijo que lo reconoció durante el cautiverio por sus zapatos. Otro secuestrado recordó que una vez escuchó a Calú pidiendo naranjas a los guardias.
EL DÍA DE LA TRAMPA
El 5 de agosto de 1976 salió de una casa donde estaba escondido con Laura Susana Martinelli, su compañera de siempre, y Mariana Luz, la hija de ambos, una bebé de apenas cinco meses. El sueldo de Susana, maestra de quinto grado, había sido retenido de una manera artera y solo podía cobrarse personalmente en la Municipalidad de Mar del Plata.
Antes de ir, pasó por la casa de la mamá de un conocido.
—Tengo problemas de seguridad, gorda. Me están siguiendo.
—Entonces no vayás.
—Es que necesitamos la plata.
El día anterior, Calú había ido hasta la casa de la vicedirectora de la escuela para preguntar por el sueldo de Susana, buscando una forma de cobrarlo sin exponerse.
—No vayas mañana —le dijo ella—. Los están esperando. La Municipalidad es una trampa.
Pero fue igual, armado solo de valentía y de un poco de esperanza.
Tal vez, en una desesperada búsqueda de normalidad en ese torbellino de caos que ya era su vida desde fines de julio, caminó ocho o nueve cuadras por el centro de Mar del Plata hasta el Palacio Municipal, a pocos metros de la biblioteca donde antes trabajaba.
Eran cerca de las once de la mañana. En el hall de la Municipalidad había empleados entrando y saliendo con carpetas, jubilados esperando en unas sillas de madera, máquinas de escribir sonando detrás de las ventanillas. Afuera pasaban colectivos hacia la costa.
Calú entró. Efectivamente, lo estaban esperando.
—Vengo a cobrar el sueldo de maestra de mi compañera.
Cuando sacó el poder del bolsillo, se le acercaron dos hombres. Después otros. No hubo corridas. No se resistió. Los que estaban ahí vieron a un par de tipos que rodearon a un hombre alto con ojos verdes y anteojos.
Un Falcon y un Renault Break color maíz esperaban afuera, con el motor en marcha. Lo subieron y se lo llevaron a la base.
En el centro clandestino comenzó el cautiverio. Los guardias se burlaban de su manera de hablar.
—Dale, correntino, vamos.
Lo llevaban a la tortura cada noche, durante meses.
Sentado en una silla de mimbre, encapuchado y esposado, más de una vez preguntó en voz alta:
—¿Susana, estás ahí?
Del otro lado ella contestaba:
—Acá estoy.
Ese mismo 5 de agosto, con horas de diferencia, también habían ido por ella. A Mariana, la bebé de ambos, la dejaron en la tintorería vecina.
OLOR A TINTA
La última vez que la familia Oliva vio a Calú fue diez días antes del secuestro, en el casamiento de unos parientes. Años después, su hermano mayor recordó un detalle: tenía las uñas manchadas de tinta.
Mariana lo vió irse un frío jueves de agosto con sus ojos de cinco meses. Le hizo una caricia, le revolvió su pelito cepillo y salió para cobrar un sueldo. Nunca más estuvo con su papá, que aún permanece desaparecido.
Hoy es diseñadora gráfica. Dice que desde adolescente le encanta entrar a las imprentas. La reconforta el olor penetrante de la tinta, mucho antes de reconstruir los pedacitos de su historia y conocer que unas manos amorosas la acunaban mientras imprimían Evita Montonera ■



