Cada vez que pienso en ella vuelvo a la misma escena.
Debe haber tenido tres o cuatro años. Está abrazada a las piernas de su papá mientras los grandes conversan. No llora. No se esconde. Espera. Martinelli sigue hablando como si nada de los más tranquilo: sabe que, en algún momento, ella sola va a decidir cuándo soltarse.
Y siempre terminaba soltándose.
Después corría con nosotros como si hubiera estado jugando desde el principio.
Así eran nuestras tardes en Paso de los Libres. Las tres familias nos veíamos seguido. En un pueblo chico todos nos conocíamos y nosotros vivíamos prácticamente en la vereda. Andábamos en bicicleta, en triciclo, inventábamos juegos, leíamos. Las muñecas nunca fueron lo nuestro.
Cuando pienso en aquellos años no me acuerdo primero de las fiestas ni del colegio. Me acuerdo de esa libertad que tenían nuestros padres para conversar durante horas mientras nosotros hacíamos nuestro mundo a pocos metros de ellos.
Y, en ese mundo, Susana estaba siempre cerca.
LO QUE VEÍAMOS EN ELLA
Yo era bastante vaga para estudiar. Ella lo sabía y nunca me retaba por eso. Todavía me acuerdo del Manual Estrada de tercer grado. Mis padres podían decirme cien veces que me sentara a estudiar y yo encontraba la manera de hacer otra cosa. En cambio, cuando tus padres te dicen estudiar no suena igual que cuando te lo dice tu amiga. Susana abría el libro y empezábamos. Nunca hacía de maestra. Nunca tenía paciencia de maestra. Tenía paciencia de amiga. Cuando me daba cuenta, ya habíamos terminado la lección.
Con los años entendí que hacía lo mismo con todo el mundo.
Antes de entrar a clase siempre aparecía alguna compañera con una duda de último momento. Ella escuchaba, volvía a explicar y seguía como si nada. No hacía sentir mal a nadie. Nunca le escuché decir «eso ya lo expliqué». Al contrario. Parecía contenta cuando podía ayudar.
Después llegaron las prácticas para recibirnos de maestras y fue como verla hacer, delante de un grado, lo que había hecho toda la vida con nosotras. Preparaba las clases con un cuidado que daba gusto ver. Dibujaba las láminas, pintaba, buscaba otra manera de explicar si la primera no alcanzaba. Los chicos la seguían con una atención que no se consigue solamente estudiando.
Nunca pensé que fuera la mejor porque sacara las mejores notas.
Lo pensaba por esas cosas.
Después vinieron la bandera, la medalla y todos esos reconocimientos que recibía con la misma naturalidad con la que hacía todo. A ninguna de nosotras le sorprendían. Eran apenas la consecuencia de una forma de ser que conocíamos desde chicas.
Pero sería injusto quedarme solamente con esa Susana.
También estaba la otra.
La que se tentaba de risa.
Primero largaba una carcajada que nos hacía reír a todas y, enseguida, trataba de volver a ponerse seria, como si recién entonces se acordara de la timidez. Nunca llegaba a tiempo. Nos seguíamos riendo juntas.
Y estaban los carnavales.
Su familia era de Zum Zum.
La mía, de Carumbé.
En Paso de los Libres eso alcanzaba para discutir durante meses. Entre nosotras nunca pasó. Cuando fue reina de comparsa me tocó bordar los flecos turquesa de su traje plateado. Me acuerdo del trabajo que me dieron. Pero me acuerdo mucho más de verla desfilar. Me parecía la cosa más natural del mundo que la hubieran elegido a ella.
Como también me pareció natural que, cuando llegó el momento de hacer las prácticas, fuera la mejor. O que llevara la bandera. O que recibiera la medalla.
Nunca hubo nada de competencia en eso.
Era, simplemente, Susana.
AQUELLO QUE NO PUDIERON LLEVARSE
Después organizamos bailes para juntar plata para el viaje de estudios y terminamos en Porto Alegre, convencidas de que nos estábamos yendo al otro lado del mundo. Éramos un grupo de chicas de un colegio de monjas haciendo planes que parecían enormes. Todavía me río cuando me acuerdo de la Hermana Directora entrando a las termas de Arapey después de que insistimos durante días. Al otro día estaba toda quemada por el sol y nosotras corríamos de una crema a otra mientras ella nos retaba entre risas.
Hay recuerdos que vuelven completos.
Una tarde en el río.
Un fotógrafo que nos pidió permiso para sacar una foto para un folleto de turismo.
Las tres creyéndonos importantes porque íbamos a salir publicadas.
Susana se fue a estudiar a Mar del Plata, a la casa de sus tías, que adoraba. Nos veíamos menos, como les pasa a los amigos cuando la vida empieza a repartirlos en ciudades distintas, pero alcanzaba un encuentro para que todo siguiera donde había quedado.
Una de esas veces fui a Mar del Plata con una familia amiga. Salimos a bailar con Susana, con Graciela y, como tantas otras veces, acompañadas por la mamá de Graciela. Nos pasamos la noche riéndonos. Después caminamos un buen rato antes de volver. Si alguien nos hubiera escuchado desde una ventana habría pensado que llevábamos horas hablando de cosas importantes. Y, sin embargo, la mitad del tiempo nos reíamos de pavadas.
Así éramos.
Un tiempo después llegó el casamiento con Calú.
Todavía escucho a mi mamá diciendo que parecían una pareja «de película». Y era verdad. Se miraban con esa naturalidad de la gente que no necesita hacer ningún esfuerzo para estar junta.
Un día Beba me llamó.
—Techita, Susana quiere que la maquilles y la peines vos.
No hizo falta que me dijera nada más.
Fui temprano.
La casa estaba llena de ese movimiento que tienen las casas cuando hay un casamiento: alguien buscando un prendedor, otra persona preguntando por un ramo, una puerta que se abre, otra que se cierra. En medio de todo eso, Susana estaba tranquila.
Mientras la maquillaba hablamos de cualquier cosa.
No del casamiento.
Ni de los nervios.
Hablamos como habíamos hablado siempre.
Después empecé a acomodarle el pelo. Tenía un cabello precioso. En lugar del velo, le fui poniendo unas rositas rococó color rosa pálido, una por una, entre la melena.
De vez en cuando se miraba en el espejo y sonreía.
Nada más.
Cuando terminé, la miré un instante.
Pensé lo mismo que habíamos pensado tantas veces quienes la conocíamos desde chicas.
Qué linda era.
Había una armonía entre su manera de ser y su manera de estar en el mundo que hacía que todo pareciera sencillo.


