A 50 AÑOS, UNA BIOGRAFÍA INTERRUMPIDA

Esta es…
Laura Susana

A Laura Susana Martinelli le decían Laura en la escuela y Susana en todos lados. Daba Sociales, tocaba la guitarra en los actos y escribía cartas interminables a su familia mientras la clandestinidad avanzaba sobre su vida cotidiana. Tenía una hija de cinco meses cuando la FUERTAR N° 6 la secuestró en Mar del Plata.

«¿NO TENGO YA LETRA DE MADRE?»

Así abría Susana una de sus tantas cartas a los viejos, fechada el 4 de marzo de 1976. Hacía apenas una semana que había nacido Mariana. Llegó en el momento más álgido, más crítico del contexto social, para poner patas para arriba el orden de prioridades entre las ideas de revolución, compromiso político y familia.

Seis años antes, Susana había dejado de ser la flamante egresada recién salida del capullo familiar libreño que tanto la cobijó durante su infancia, para convertirse en la joven estudiante de psicología: impulsiva, espontánea, ávida de nuevas experiencias fuera del pueblo que la vio crecer.

En las aulas de la facultad, conoció a varios compañeros. Entre ellos, a Susana González, quien luego se convertiría en su mejor amiga. Ambas compartían rasgos similares: eran del interior del país, habían venido a Mar del Plata porque tenían familiares allí, querían estudiar psicología. Las Susanas hacían todo juntas, estudiaban, iban al cine y al teatro, comenzaron a militar en la JP… Eran carne y uña, al punto de que en los pasillos de la facu decían: «ahí viene el Susanaje». Hasta se mudaron a un departamento por calle Corrientes, para emanciparse un poco de los tíos. Cuando llegaba la temporada, juntaban sus petates y cada una volvía a su casa en el pueblo, para reencontrarse con su familia.

LA FACULTAD DEL SUSANAJE

El tiempo pasó rápido con la voracidad de esos años. Pronto llegó Carlos Alberto Oliva, Calú, a Mardel —su novio de la adolescencia—. En el ‘72, Susana comenzó a trabajar. Su vida se alternaba entre el estudio, la militancia y el trabajo.

Susana era muy familiera y mantenía una correspondencia intensa con los integrantes de su círculo familiar. Como la hermana mayor de cinco, marcaba el rumbo. En otra carta escrita a su hermano Pablo con motivo de su cumpleaños n.º 18, le decía: «¡Mirá cuando trabajes, es de lindo! Te madura mucho, también. A veces entorpece el estudio, pero siempre es más positivo que no trabajar, me parece a mí…».

Se casó en abril del ‘73 y, con el casamiento, apareció una nueva tensión: entre las primeras experiencias de la vida doméstica y las demandas de la vida pública. Susana siguió estudiando, siguió militando, siguió trabajando. En el ‘74 incursionó en la docencia, haciendo valer su título de bachiller con orientación docente. Entró primero como reemplazante de maestra en la Escuela Primaria Municipal N.º 2 Intendente Clemente Cayrol y, al año siguiente, quedó como titular.

ENTRE GUARDAPOLVOS BLANCOS 

La dos era una escuela de la periferia marplatense, de familias obreras y chicos con dificultades, aunque también muy cariñosos. Otra vida comenzaba, entre guardapolvos blancos. Años más tarde, una compañera escribiría: «Laura —como la llamaban en la escuela— era la encargada de Cruz Roja. Revisaba cabezas a los de quinto, casi todas las mañanas. Se había tomado el trabajo de armar una campaña contra los piojos. Su largo y fuerte pelo morocho se pescaba de vez en cuando unos cuantos bichos, pero sonreía suave con sus dientes perfectos para seguir con la nada agradable tarea (…)» 

Daba Lengua y Sociales a chicos de diez años. Su salón era el último del fondo. En los actos, solía aparecer con su guitarra. Así la muestra una foto del archivo de la escuela: sentada —rodeada de cinco delantales blancos— a punto de entonar una canción.

¿A QUÉ SABE LA MATERNIDAD?

El ’76 la agarra estrenando maternidad. Mientras el país se hundía rápido, la llegada de Mariana Luz trajo una ráfaga que ilumina una vida cotidiana cada vez más organizada alrededor de la clandestinidad. Los cambios de casa se aceleraban, los cuidados se incrementaban, surgieron peleas y desacuerdos: algunos intrascendentes, como cuando en un almuerzo se le pasaron los ravioles; otros, más de fondo. Nada que una tarde de charla y mate en la escollera, frente al mar, no pudiese acomodar. Susana y Calú se querían. Y en ese amor había respeto.

Gran parte de su última carta está dedicada a contarle a la familia los avances de Mariana: las primeras comidas, las miradas pícaras mientras toma la teta, que ya se sienta sola y balbucea, que agarra todo con las manos y se lo lleva a la boca, lo mimosa que se pone cuando le hablan al oído, lo mucho que pide brazos. La carta está llena de escenas mínimas, de descubrimientos y asombros cotidianos. Ni Susana, ni los viejos, ni Mariana imaginaron que faltaba apenas quince días para que un grupo de tareas irrumpiera en sus vidas y las arrancaran para siempre una de la otra.

Una de esas mañanas, Calú apareció por la 2 buscando a Susana. Nervioso, pidió hablar con ella y argumentó un accidente familiar. Los dos se fueron minutos después, apurados y desencajados. Había que levantar la casa de Berutti, desalojar sin dejar rastros, y casi no quedaban compañeros ni lugares adonde ir.

«¿Qué hacemos con Mariana?» fue la pregunta inevitable.

—La voy a llamar a Mecha —dijo Susana.

Habían acordado que, en caso de peligro, le avisaría que tenía que devolverle la máquina de escribir. La llamada se hizo, pero del otro lado Mecha no estaba sola. En su domicilio, los milicos habían montado una ratonera. La cita no se dio, por suerte para Susana: Mecha decidió ignorar el código de los horarios para protegerla.

¡Estaban tan cerca! Ya les pisaban los talones. 

¿LAURA ESTÁS? ¡LOBO ESTÁ! 

La mañana del 5 de agosto del 76, Calú decidió presentarse a cobrar el sueldo de maestra de Susana, retenido a propósito en la Municipalidad. No quedaba alternativa. Había esperanza: iban a llamarse Gorosito —ya tenían nuevos documentos— pero necesitaban la plata. Los tres estaban solos, sin cobertura, y algo había que hacer para salir de Mar del Plata. 

Calú no volvió. En la casa de San Luis, Susana lo aguardaba nerviosa, apretando a su beba, sin saber qué hacer. A las 14 hs ya habían llegado. La FUERTAR N° 6 irrumpió en el domicilio y se la llevaron —secuestrada ilegalmente a la Base Naval de Mar del Plata— dejando a Mariana en la tintorería de la esquina, envuelta aún en ese abrazo con aroma a Susana, que nunca más volvería a sentir.

LAURA SUSANA MARTINELLI fue trasladada a la Base Naval de Mar del Plata luego de ser secuestrada el 5 de agosto de 1976 por integrantes de la Fuertar N° 6. Allí permaneció cautiva junto a su compañero, Carlos Alberto Calú Oliva. Sobrevivientes que pasaron por ese lugar dieron testimonio de haberlos escuchado allí, durante los meses posteriores al secuestro. Susana fue interrogada, torturada y violada sistemáticamente durante largos 5 meses.

Durante el secuestro, Susana realizó una serie de dibujos fechados a fines de noviembre de 1976, en los que retrató escenas del encierro y dejó rastros de su experiencia en cautiverio. La recuperación de esos dibujos 4 décadas después hace pensar que hasta esa fecha permanecía secuestrada en la Base Naval de Mar del Plata y que aproximadamente en diciembre del 1976 ella y Calú fueron trasladados a Puerto Belgrano, Bahía Blanca.

El 31 de diciembre de 1976, Susana fue asesinada en un supuesto enfrentamiento, que posteriormente se comprobó como fraguado. La noticia salió publicada en el diario La Nueva Provincia el día 1 de enero de 1977. Su padre viajó para reconocer sus restos en la morgue. Tenía 23 años. Carlos Alberto Oliva continúa desaparecido. 

A 50 años, su hija, sus nietos, familiares y compañeros exigimos que se rompa el pacto de silencio reclamando memoria, verdad y justicia.